Pocas cosas me causan temor como lo hace la muerte, oculta como una serpiente se arrastra detrás de todos, esperando el momento para engullirnos, sin que nos demos cuenta. Estoy atado a la vida porque me gusta vivir, me gusta ver a los seres humanos luchando por trascender, con errores, con odios, con ganas, no sé si sea algo lógico, pero combinar la filantropÃa con la misantropÃa es posible, algunos dirán que estoy loco, otros sencillamente le darán poca importancia, porque ese es el pecado más grande del ser humano, creer que lo que los demás piensen o hagan es de poca importancia.
HacÃa ya unos años que no venÃa a la ciudad de mi madre para las festividades de fin de año, dejé de hacerlo porque mis abuelos ya habÃan muerto y la época no trae buenos recuerdos, pero motivado por el amor de mis hijas hacia ella decidà gastar estos dÃas en su casa. La relación con mi madre es difÃcil, somos personas difÃciles, mi familia entera está conformada por personajes aterradores, inteligentes, frÃos, serios y de mal humor.
Lo que nunca imagine es que tuviera que venir a enterrar a mi tÃo Roger Zarruk, quien perdÃa la batalla contra aquel maldito cáncer que se nos ha llevado a tantos y tantos en esta tierra. Mi tÃo mayor, el soporte de mi madre, el que la ayudaba, el que reemplazó a mi abuelo cuando este murió, el que casi nunca vi en mi vida, del cual no sabÃa mucho, el que ocho dÃas antes de morir quiso vernos por última vez y le dio un par de regalos a mis hijas, el que un dÃa antes de morir aún estaba manejando su carro como un samurai en batalla entregando regalos por toda la ciudad.
De repente, a las 9 de la noche del 24 de diciembre, el teléfono sonó con la noticia nefasta, mi madre se desplomó, mi tÃo ya estaba en proceso de abandonar este mundo, mientras nosotros tratábamos de jugar a la familia funcional y tenÃamos sobre la mesa un poco de comida especial, todo el dÃa habÃan pasado cocinando para llevar los pedidos y la esperanza de un descanso y un único momento familiar en todo el año se desvanecieron al enterarnos del trágico suceso.
A las ocho de la mañana, con los regalos aun tristes, desempacados por mis dos hijas quienes esperaron a Santa Claus en la ventana en medio del silencio del momento, mi tÃo abandonaba este mundo dejando una estela de llanto y recuerdos en los que más los querÃan, mi madre, destrozada y con la fe intacta, miraba al cielo y le preguntaba el porqué de estos acontecimientos a Dios, los demás, a los que nos cuesta creer, hacÃamos una mueca con la boca y sufrÃamos el sufrimiento de mi madre.
Hablando esos dÃas con varias personas allegadas a la familia, me enteré de muchas cosas que no sabÃa acerca de mi tÃo Roger Zarruk, llegó a Colombia proveniente de El Salvador junto con su hermano Jorge y mis abuelos, los palestinos, estudió y prestó el servicio militar que no le correspondÃa, Ingeniero Industrial de la Universidad Industrial de Santander, Master de Michigan State University, pedagogo e impulsor de las empresas del departamento, padre de tres hijos, mis primos, con los cuales jamás tuve una relación muy cercana, de hecho en su misa de réquiem me costó reconocerlos y confundà a mi primo menor con el mayor, recorrió un largo camino en las aulas y dejó una huella imborrable en la academia nacional. Conocà a mi tÃo después de su muerte.
Viendo a mi madre, tenÃa que haber sido suficiente su estado para comprender la perdida, pero viendo también su influencia en otras personas, la preocupación descansó un poco y celebré aquella noche la vida de mi tÃo, a quien nunca conocà muy bien y que sin embargo ahà estuvo siempre y llenando los requisitos que yo pienso debe cumplir una persona, los cuales son dejar algo en este mundo para los demás, me di cuenta de que fue un buen hombre.
Es comprensible el preguntarse, el pensar en lo que viene, la guerra entre la fe y lo lógico, es comprensible sentarse al dÃa siguiente y pensar que ya no está aunque para ustedes esto no signifique nada, tomará significado el dÃa que los toque una muerte en su familia, o que ya les ha tocado. Nadie llora nuestros muertos, nadie tiene el deber de hacerlo, nadie sufre por mi hermano, mi abuela, mi tÃo, solo nosotros, los directos implicados en sus vidas, asà como ustedes en las suyas.
Comprender lo incomprensible siempre ha sido una meta para nosotros los seres humanos, encontrar una razón de ser, ¿Por qué estamos aquÃ? ¿Cuál es el sentido? Y durante nuestra vida varias veces tratamos de encontrar una respuesta. ¿La mÃa? No la tengo, no la tendré, soy consciente de lo incomprensible de lo inexorable, pero también soy consciente de que las personas vienen a este mundo y pueden con una sola actitud cambiar la vida de uno o de muchos.
Espero poder encontrar mi camino, creo que siempre se está a tiempo. Mi homenaje a quienes se nos han ido. Jamás moriremos mientras vivamos en los recuerdos

