Felipe Szarruk para The Music Site
Mi primera guitarra me la regaló mi madre cuando tenÃa ocho años y yo
cantaba en la Tuna del colegio La Salle en Bucaramanga – PORON POM POM
PORON POMPORON PON PERO PERON- En aquella época tocar el instrumento no
era tan fácil como ahora. Quiero decir, la teorÃa era la misma, pero
nuestros maestros no escuchaban rock, no tenÃan Internet, no sabÃan que
era un sweep picking o un martilleo. Naaaaah. Lo más rockero que me
enseñó mi primer profesor fue “Cara de gitana”, eso para ese loco era
Metal.
El uso de la tablatura se popularizó con las revistas especializadas en guitarra como la Guitar Player o la Guitar World que a Colombia llegaban a precios astronómicos y conseguirlas era difÃcil. Para mi cumpleaños número 12 o 13, no recuerdo bien; le pedà a mi madre que me diera de regalo las fotocopias de las partituras de los discos “Appetite For Destruction” de “Guns and Roses” y “Ride The Lightning” de “Metallica”. Dos de mis favoritos.
Quienes me iniciaron en el rock fueron principalmente dos amigos del colegio, Diego Pinzón y Daniel Palacios, uno en Bucaramanga y otro en Bogotá. Metaleros de lo más bravo en el tiempo en que el Metal era Metal, no existÃan los términos Black, Death, Doom, Din, Don, etc. Para nosotros era Metal y punto. Con los años Daniel se hizo cristiano y nunca supe más de él desde que quemó todos sus discos “diabólicos”.
El problema con las partituras es que eran muy caras, costaban seis mil pesos en ese entonces, una salvajada, además eran fotocopias y las vendÃa un metalero en el centro que tenÃa una pinta muy brava, pero era buen guitarrista, al menos eso pensé porque era capaz de hacer un armónico artificial con la guitarra desconectada. Yo no tenÃa guitarra eléctrica, sufrÃa mucho por eso. No era fácil tampoco. Asà que con mi guitarra de palo y la grabadora Aiwa pasaba horas y dÃas en mi cuarto aprendiendo los riff, sobre todo los de las canciones que más nos gustaban, “Sweet Child O´mine” y “Fade to Black”, ahà comencé a darme cuenta que no iba a ser un guitarrista de solos sino de ritmos ya que me gustaba cantar sobre los acordes.
El uso de la tablatura se popularizó con las revistas especializadas en guitarra como la Guitar Player o la Guitar World que a Colombia llegaban a precios astronómicos y conseguirlas era difÃcil. Para mi cumpleaños número 12 o 13, no recuerdo bien; le pedà a mi madre que me diera de regalo las fotocopias de las partituras de los discos “Appetite For Destruction” de “Guns and Roses” y “Ride The Lightning” de “Metallica”. Dos de mis favoritos.
Quienes me iniciaron en el rock fueron principalmente dos amigos del colegio, Diego Pinzón y Daniel Palacios, uno en Bucaramanga y otro en Bogotá. Metaleros de lo más bravo en el tiempo en que el Metal era Metal, no existÃan los términos Black, Death, Doom, Din, Don, etc. Para nosotros era Metal y punto. Con los años Daniel se hizo cristiano y nunca supe más de él desde que quemó todos sus discos “diabólicos”.
El problema con las partituras es que eran muy caras, costaban seis mil pesos en ese entonces, una salvajada, además eran fotocopias y las vendÃa un metalero en el centro que tenÃa una pinta muy brava, pero era buen guitarrista, al menos eso pensé porque era capaz de hacer un armónico artificial con la guitarra desconectada. Yo no tenÃa guitarra eléctrica, sufrÃa mucho por eso. No era fácil tampoco. Asà que con mi guitarra de palo y la grabadora Aiwa pasaba horas y dÃas en mi cuarto aprendiendo los riff, sobre todo los de las canciones que más nos gustaban, “Sweet Child O´mine” y “Fade to Black”, ahà comencé a darme cuenta que no iba a ser un guitarrista de solos sino de ritmos ya que me gustaba cantar sobre los acordes.
El tiempo pasó y a los quince años por fin pude tener mi primera guitarra eléctrica, una Yamaha Pacifica divina, azul que compré en Miami en un almacén en Kendall en una esquina. Le rogué a mi tÃo por una guitarra pero me cansé de decirle, asà que un dÃa me fui solo y compre una negra marca Memphis que era una palo feo pero por mi ansiedad no querÃa esperar, cuando llegué a casa mi tÃo me llevó de vuelta al almacén para cambiar la guitarra por la belleza que compré y me regaló un amplificador pequeño, un Pignose, muy famoso y muy versátil, esa fue mi primera lira y aunque ya tocaba guitarra desde hacÃa tiempo para mà la guitarra eléctrica era algo nuevo y acá muy pocos sabÃan tocarla. Comencé a conseguir las partituras con tablatura de las revista y ahà comenzó mi historia.
En los locales era lo mismo, no ensayábamos en salas como ahora, nuestros ensayos era en los parqueaderos de los conjuntos residenciales, en los techos de los edificios y si estábamos muy de buenas alguien nos prestaba una bodega. Yo alcancé incluso a ensayar en una pieza en donde vivÃa en alquiler como a los 16 años, una locura.
Cuando en los 90 comenzó el movimiento bravo del rock en Bogotá, comencé a tocar con mis bandas en los locales y era todo lo contrario a lo que sucede hoy en dÃa. Entradas carÃsimas para tocar con amplificadores de 20 watts. Hoy son entradas regaladas o gratis para tocar con animales de 100 watts. Es impresionante. Pero asà era, eso era lo que habÃa y el amor por los instrumentos era enorme y sagrado. Comprar una guitarra era un rito que podÃa durar semanas. Las Peavey Predator se hicieron fama de baratas y guerreras, además lucÃan como una Stratocaster.
Un dÃa, recorriendo Europa y el medio Oriente me quedé sin dinero para comer y ya andaba solo, tocar en los bares no daba mucho dinero y no me quedaba más opción que vender mi guitarra. Andaba cargando una Fender Music Master muy vieja que le habÃa cambiado a mi baterista por otra. A mà me encantaba pero me tocó salir de ella y gracias a eso pude andar un poco más. Ahà decidà que no me iba a volver a encariñar con un instrumento y asà pasé varios años.
Cambie mucho, preste muchos, empeñé, vendÃ, compre hasta que en el año 2009 cuando estaba produciendo un concierto en Florida, un amigo me compró una Gibson SG, de la gama más bajita pero a mà me encantó. Esa guitarra me gustaba mucho y fue con ella que pasé muchas aventuras en el paÃs del norte, asà que cuando regresé a Colombia, para evitar venderla o empeñarla agarré un cuchillo y comencé a quitarle toda la pintura, sabÃa que asà nadie la iba a querer, pero lo que sucedió es que poco a poco fui personalizándola y la convertà en mi guitarra favorita. Ahora tengo varias, dos de ellas llegaron a través de The Music Site, dos Fender hermosas, esas dos llegaron a formar parte de mÃ.
Hoy recuerdo con cariño aquellos dÃas en que todo era más difÃcil, no habÃa Internet y los maestros no conocÃan el rock, tocábamos Grunge era por malos y porque no sabÃamos hacerlo de otra manera, diez años antes que Nirvana lo hiciera y hoy me pregunto… ¿Por qué los músicos no se dan cuenta de lo afortunados que son? ¡Tienen todo! Salas de ensayo, bares, amplificadores, academias de rock, escuelas superiores de rock, becas, tutoriales, bandas, rock al parque, almacenes, festivales por todas partes y no aprovechan.
Hay que amar la música y hay que amar el instrumento, porque es la extensión de nuestro cerebro, de nuestra voz, de nuestras manos, por eso, uno puede pasar horas mirando un catálogo hasta que aparece el preciso y asà como cuando uno conoció a la novia, mira la guitarra en la foto por la primera vez y dice… ¡Esa es!
@felipeszarruk


