Lo último

EL ROCK COLOMBIANO Y LAS POLÍTICAS CULTURALES


Tocar la guitarra en el rock puede compararse a un entrenamiento militar, horas interminables de practica durante años para alcanzar un nivel aceptable para no morir en el intento de lanzarse a luchar esa batalla diaria por ser escuchado. Dolor en las articulaciones, la frustración cuando una técnica no sale, las yemas de los dedos se convierten en piel muerta, dura, áspera al contacto; pero vale la pena, aprender el oficio es gratificante a medida que pasa el tiempo. En mi caso ocurrió algo surrealista, mi primer profesor no valoró el hecho de que yo fuera zurdo y me obligó a tocar como diestro, así aprendí, de una manera anti-natural, hoy me pregunto si tal vez hubiera sido un mejor o peor guitarrista si la orientación del instrumento coordinara con mi cerebro. Pero, en fin, lo interesante comienza cuando ya se domina un poco esa práctica y se sueña con vivir del rock y transitar por la vida tocando guitarra en un país como Colombia o en un continente como el nuestro.

El artista debe enfrentar embestidas fuertes de la sociedad, de sus integrantes y sus instituciones, lamentablemente el panorama de las políticas culturales ha cambiado no de buenas formas para el rock desde sus mismos inicios. Dicen muchos que quien presentó la canción –Rock around the clock- en el año 1957 fue Carlos Pinzón en la radio, pero que fue en la proyección de la película en el Cinema El Cid en Bogotá unos años después, cuando se armó el caos y los jóvenes sintieron ese llamado del rock en las venas y destruyeron el teatro en un clímax de euforia y de descubrimiento, así entraba Colombia también a ser parte de los “enfermos” por aquel virus que venía conmocionando al mundo desde hacía algunos años y que había obligado a las fracciones más recalcitrantes de la sociedad estadounidense y otras a declararle la guerra a este nuevo sonido que seguramente debía provenir del mismísimo infierno.

Es difícil hablar del rock como industria creativa en un país árido en el tema, los esfuerzos independientes y de las instituciones públicas o privadas para llevarlo a buen término no han sido fructíferos, ¿Quién puede dictar cómo se hace el rock? Tratando de “normalizar” el género para ajustarlo cada vez a la realidad de nuestra sociedad, moldeándolo de acuerdo a las necesidades ya sea de la política nacional o del mercado, lo que más convenga en su momento.

Podemos hablar del rock como un movimiento contracultural, como un movimiento que ha sido protagonista desde el principio en los cambios sociales, en las políticas culturales no solo de Colombia sino del mundo, una horda rebelde e inconforme que no solo canta sino que toma acciones y ocasiona el nacimiento de tribus urbanas que han logrado llegar a lo más profundo de las sociedades, desde Elvis y la subversión del cuerpo, pasando por la anarquía del punk, que algunos pensaron que podía haber nacido en Perú con la banda Los Saycos (más un mito que una realidad) y que en el país explotó en Medellín en los años 80 como una bomba con igual poder que las que colocaba el cartel de Medellín, pasando por todo el movimiento Metal y su poder intimidatorio en la sociedad, el rock siempre ha sido transgresor, siempre ha sido contestatario y siempre será una piedra en el zapato para el mariscal de turno, porque así es su naturaleza y porque nadie puede escapar jamás de lo que naturalmente se es.

¿Qué elementos intervienen en el rock además de la música para convertirlo en un movimiento tan poderoso? Comenzando por la versatilidad que permite que las letras sean dirigidas a cualquier parte, a un ataque frontal, a una oda al descontento, a una denuncia, las letras del rock han sido dardos envenenados lanzados por parte y parte y se usan como armas, ¿Cuántas canciones de rock no son hoy panfletos y propaganda de tantos movimientos políticos e ideológicos? En Colombia bandas como La Pestilencia han logrado trascender durante décadas cantando la realidad oscura y cruda en canciones como “Soldado Mutilado” o “Vive tu vida”, las mismas que se diluyeron en la consumación de la banda en el ritual de la búsqueda del éxito y la fama y que como muchas lo intentaron afuera y al no conseguirlo regresaron como reyes al país para convertirse en leyendas de nuestra escena y terminar cantándole al estado que tanto criticaron, gritando “no se hagan daño en el pógo” en Rock al Parque al igual que muchas otras bandas que claman ser contestatarias y subversivas y que no atienden a ceremonias de premios o a eventos de “farándula” pero se arrodillan cuando las llaman a Rock al Parque o a Altavoz, la coherencia en el rock es relativa, un acto político en cualquier momento se transforma en un desfile por la alfombra roja y viceversa, sin embargo, todo sigue siendo válido.

El rock siempre ha sido asociado con causas del escándalo, muchas veces de maneras sobredimensionadas, algunos actos de valor del genero han caído en el olvido y hay muy poca documentación como es el caso del Festival de Ancón en Medellín en donde trataron de emular a Woodstock y en cierta forma lograron crear un mito del que poco se sabe que es verdad o que no es, o el concierto que organizó Chucho Merchán en Cali con la impresionante nómina de músicos que incluía a David Gilmour de Pink Floyd, Pete Townshend de The Who entre otras luminarias y que terminó con problemas de sonido, la quiebra del músico durante años y una que otra pelea. El rock se ha puesto diferentes banderas desde siempre, desde el uso de la minifalda en las mujeres como revolución social, pasando por la pastilla anticonceptiva, el aborto, la religión, el animalismo, la guerra, el apoyo a la izquierda, el apoyo a la derecha, el rock ha sido un instrumento político poderoso y en Colombia ha sido el panfleto desde la época de Andrés Pastrana, todo evento político se ameniza con Rock.

Esto causó una paranoia generalizada en torno a los eventos que han ido alimentando aún más las leyendas de satanización y drogas que lo rondan, como en el concierto de conciertos en el 98 que este año trataron de realizarlo nuevamente como un concierto de Reguetón ofendiendo a los más puristas del género, o el famoso concierto de Guns and Roses en el año 1992 que ocasionó el veto durante décadas del préstamo del estadio El Campín por los desórdenes que hubo aquel 30 de noviembre al ser cancelado uno de los dos conciertos y dejar por fuera a más de la mitad de la gente que compró boletos sin darse cuenta que la verdadera revolución se estaba dando en Venezuela de donde no dejaron salir a la banda porque estaba iniciando la movida de Hugo Chávez. Fue el concierto el que fue satanizado y el rock el que fue vetado, pero jamás el fútbol de donde no se alcanzan a contar los muertos a cuchillo en las graderías o en las riñas dentro y fuera del estadio.

Poco a poco el rock fue alejado de las estaciones de radio y de la televisión y Colombia comenzó el transito al país tropical que conocemos hoy en materia musical, esta “revolución” la provechó el mercado al comenzar a combinar ritmos caribeños con secuencias y nuevas formas de hacer música con interfaces que le daban un tinte moderno a los ritmos bananeros y los convertían automáticamente en rock dejando de lado los géneros puros los cuales mandaron a la extinción y que ahora luchan por sobrevivir organizando conferencias y festivales en donde la mayoría de quienes dictan los talleres debería estar sentados aprendiendo porque el empirismo se tomó el género y la gente en su afán de no dejarlo morir le cree a este empirismo y todo el discurso rebelde de Sexo, Drogas y Rock and Roll se perdió en un nuevo discurso de Estado, dinero y supervivencia, las políticas se mueven de maneras monstruosas cuando de transformar un enemigo se trata.

Comenzaron entonces a verse los festivales vacíos y casos incluso de arresto de músicos en escena por portar prendas “militares”, casos de censura abierta y de vetos descarados, el rock murió en Colombia y se convirtió en un culto para un pequeño grupo de personas. Pero no hablamos de todo el rock, solo del nacional, el mundial hoy por hoy en una de las principales fuentes de ingresos de Colombia al haberse convertido en una de las industrias más rentables del país como pudimos verlo en el concierto de Los Rolling Stones en donde el arrollador modelo consumista y trasgresor hizo de las suyas al entregarle a un banco el monopolio de las boletas a lo cual el banco declaró que no le importa el concierto sino fidelizar clientes, así mismo adquirió compromisos millonarios con empresas de boletos, de sonido, etc. y lograron convertir el dichoso concierto en una danza de millones y de influencias en donde “el que tiene paga por ver a sus majestades satánicas”, aquellos que otrora se despojaron casi de su humanidad y que jamás hubieran permitido que pisara estas tierras, hoy vienen octogenarios y haciendo arrodillar a las generaciones de colombianos que demuestran su estatus económico y social al asistir al ritual de la industria. Colombia es rockero de sus fronteras para afuera, de sus fronteras para adentro es acordeón, reguetón y rancheras acompañadas de mares de Old Parr y palabras de grandeza, mafia y muerte.

Para terminar la cadena, aquellas instituciones que se crearon supuestamente para darle impulso a estas industrias creativas, a estos movimientos culturales se convirtieron en los peores enemigos del género, ejemplo claro Rock al Parque y Sayco quienes pasaron de ser la esperanza de los músicos a sus verdugos y sus mayores detractores, estas dos instituciones le han hecho tanto daño al género que su sola desaparición representaría un nuevo aire, un respiro para retomar el camino perdido, para tratar de volver a abrir aquel camino que parecía tan claro en la década de los noventa cuando se podía vivir del oficio y cuando la gente esperaba a sus bandas y en las radios sonaban la música, cuando parecía que se levantaba el rock por fin como industria sin haberse tenido que vender al mercado, sin haber tenido que mutar, pero todo era una ilusión, un espejismo, con el auge de internet y la caída de las disqueras, el rock tuvo su disparo final de gracia para eliminarlo completamente del panorama nacional y convertirlo en una célula de rebeldía, de mendicidad al estado y de supervivencia.

Y sin embargo ahí están, cientos de nuevos músicos aprendiendo a tocar la guitarra, a hacer canciones, a formar bandas, dispuestos a pasar horas destruyendo sus dedos para sonar como los grandes guitarristas de la historia, dispuestos a seguir soñando, a armar festivales, a sonar duro para ser escuchados, sin perder la fe de que algún día el mundo va a despertar de nuevo y sus letras retumbarán en esos corazones que salvarán de nuevo sus vidas y las validarán no con dinero sino con un lugar en la sociedad, porque al fin y al cabo eso es lo que el rock busca, el reconocimiento como espacio político, como espacio simbólico, como espacio importante en la historia de un país que puede que no lo proclame como tal, pero que en sus acciones y sus ideas, es más rockero que cualquiera y que esas ideas quedan sembradas en los jóvenes que tarde o temprano las convertirán en hechos.

Felipe Szarruk
Músico, comunicador social
Maestrante en Estudios Artísticos
Universidad Distrital Francisco José de Caldas
Facultad de Artes ASAB

Referencias y lecturas recomendadas:

http://www.lasillaelectrica.com/articulos_rockizquierda01.htm
http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-5050511
http://sobrehistoria.com/rock-e-historia-su-nacimiento-como-movimiento-cultural-juvenil-en-los-60s/
http://www.semana.com/nacion/articulo/los-anos-sesenta-mas-que-rock-minifaldas/399274-3
www.subterranica.com