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RECORDANDO A ÁCIDO BAR EN LA REVISTA METRÓNOMO

Felipe Szarruk y "Los Muñecos de Rebeca" 1993 Ácido Bar
Ácido Bar, un punto para el rock en Bogotá

En un bar es posible presenciar algunas realidades; [charlatanería pueril] tertulias o diálogos ajenos, despechos, bailes, hasta la fuerza creadora de aquellos personajes que deciden compartir su música en directo. En ese recinto social uno puede divulgar sus ideas,  discutir los problemas del país, estar expuesto al cruce de distintas experiencias callejeras, a cualquier intento de diálogo errático aunque también es factible perder tranquilamente toda noción de juicio con la dosis etílica necesaria. Al final, “el bar es el confesionario más democrático de todos los que existen”. No hay duda, ahí es donde el tiempo libre va mejor y el ocio adquiere nuevas dimensiones.

En Bogotá, un sitio que cuenta con algunas de las características mencionadas anteriormente se abre paso entre las calles estrechas de la ciudad. No es el ícono del flower power criollo, aunque fue bautizado con el nombre de una sustancia alucinógena conocida, además de sus efectos, por las experiencias, e injerencia en el proceso creativo que tuvo en algunos músicos influyentes de aquella generación psicodélica, la cual nos dejó obras como Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967).

Se trata de un espacio que actualmente yace en la carrera 15 # 82–26. Se llama Ácido Bar. Es medianamente grande, de fachada despojada y pulcra. Una vez adentro, es posible toparse con un interior iluminado de manera tenue, con muros donde cuelgan algunas guitarras autografiadas por Kiss, Molotov, Scorpions, Judas Priest, Testament, Jaguares, entre otros. Aunque la joya es un bajo firmado por los integrantes de Motörhead.

La infraestructura del lugar está reforzada por una decoración con muchos referentes estéticos del rock, digamos que del más clásico, de ese que tuvo su momento de apogeo cuando creció en simultaneidad con la contracultura… cuando fue progresivo; este mismo es uno de los componentes principales de la oferta musical del bar, el cual nació cuando el género en Colombia pasó por su mejor momento y los establecimientos comerciales dedicados a este tipo de sonido reventaban de gente. Es claro que, aunque no es un espacio de naturaleza extravagante, parece resguardar una buena dosis de historia, de experiencias que pasaron de una generación a otra.

“Nosotros inauguramos el primer bar con el nombre Ácido en 1992. Era muy pequeño, quedaba en la carrera 4ta con calle 19. Cuando lo creamos lo hicimos con la idea de promover la cultura del rock, queríamos reproducir esas canciones que no sonaban en la radio por ser demasiado largas o experimentales por no apelar a la fórmula. La música era más importante que cualquier otra cosa, más que el decorado ya que por ese entonces el rock nacional había explotado, habían otros lugares como LCD Bar o Iron Speed, este último era como una especie de CBGB’s. Muy oscuro”, explica Wimmar Roa Cediel,  fundador de Ácido Bar, director del Laboratorio del Rock en la 98.5 FM y AcidoRockTV. Este personaje  presenció una escena emergente de músicos colombianos que pronto harían historia en grupos como La Pestilencia, 1280 Almas, La Derecha, Delia y los Aminoácidos (Aterciopelados), Morfonía, Kronos, entre otros.

“Respecto al sitio, lo uno escuchaba allá era Primus con “Too Many Puppies”, Pixies… en sí, todo el rock que no era mainstream. De vez en cuando ponían alguna cosa de Front 242 como “Headhunter” o “Tyranny (For You)”, o Nine Inch Nails con “Head Like a Hole”. Por ese entonces, Ácido era un lugar chiquito como los bares de rock del momento. Surgió cerca a TVG, LSD y otros sitios que abrieron el espacio a la escena alternativa, industrial y metal para quienes en ese entonces estábamos entre los 16 y 18 años de edad. La música era lo que nos movía allá, incluso después de que pasaron el local a chapinero”, explica Juan Andrés Casas, un cliente frecuente del lugar.

El sauna rockero

En 1993 Ácido se trasladó a un espacio más grande (carrera novena con calle 61).  “La idea era tener un sitio propicio para que algunas bandas se presentaran. Creo que este local es el que nuestros asistentes tienen más presente porque allí teníamos un horario para menores de edad, era de 2:00 pm a 6:00 0 7:00 pm. No vendíamos licor pero cobrábamos una entrada. Aún así los pelados se las arreglaban para conseguirse sus cosas, ya sabes”, explica Roa.

Andrés Casas alcanzó a conocer esa étapa del bar, y confirma las hazañas juveniles del momento: “no vendían trago, pero igual todos se la pegaban afuera y entraban o caletaban algo y lo metían”, narra. “Recuerdo —al menos con mi parche— que tomábamos bastante guaro y pola fundamentalmente. Algunos fumaban porro, pero eso era lo más. El tema no era ni siquiera ir allá de levante, la idea era asistir en grupo, jartar y bailar hasta que nos echaran del chuzo”, dice.

Y es que en ese instante Ácido yacía en el subterráneo de un edificio con capacidad para más de 300 personas. Era oscuro,  húmedo, una caverna sin ventanales, perfecto para un sauna rockero. “A veces durante un concierto solía llenarse tanto que las paredes condensaban el sudor de la gente y este caía sobre los ladrillos; en medio de un show uno podía ver a Dilson Díaz (La Pestilencia) corriendo a la puerta para tomar aire hasta que luego volvía al escenario”, narra Wimmar entre risas.

“Es que se trataba de un sótano con una ventilación prácticamente nula, pero eso no nos importaba. Las paredes se llenaban de humedad, de la exudación de todos los que reventábamos de energía en el bar; ocasionalmente caían gotas de sudor del techo, en los cocteles, en la cara, ¡en la boca si se estaba de malas! Recuerdo que en ese tiempo yo tenía 17 años y fue allá donde vi por primera vez en vivo a La Pestilencia. En ese momento de su historia, la potencia de la banda era tal, que parecía que el lugar iba a estallar. No había mucho aire; de vez en cuando, la gente salía a respirar y volvía a entrar; incluso Dilson hacía lo mismo para no desmayarse. Todo eso era parte del encanto: el sótano, el sudor, todos coreando a todo pulmón las canciones, muchas veces gritando cosas, tratando de emular algo de inglés, lanzaban frases sin sentido, entre otras cosas. Pero no importaba, el asunto era estallar la energía”, explica Andrés.

Era claro que esta versión criollo punkera de El Cavern Club no dejaba de ser algo reducida para grandes recitales. “Así que, años después en un coliseo cubierto de Mosquera, Cundinamarca, organizamos a nombre del bar una presentación de varias bandas, de las cuales dos Julio Correal era manager: La Derecha y Aterciopelados. Ese concierto fue muy chévere pero llegó la poca gente. Nosotros perdimos billete pero no nos importó, eramos unos románticos. Lo recuerdo como un momento simpático, una época muy chévere en la que además fuimos patrocinadores del Expreso del Rock, un programa de radio conducido por el gran Andrés Duran”, explica Roa.

Por otra parte, en Ácido la tradición era realizar lanzamientos de nuevos álbumes con el respaldo de las compañías discográficas más importantes del país. “Sony Music incluso nos facilitaba material de bandas nuevas. Además la programación musical del lugar abarcaba producciones de Pixies, The Cure, e incluso de Cypress Hill. Creo que fuimos de los primeros espacios donde sonó ‘Rage Against the Machine'”, cuenta Roa, quien además resalta el catálogo sonoro del bar, el cual comprendía desde el rock progresivo, punk,  blues,  rock industrial. Una selección que todavía prevalece.

En cada sede en las que funcionó a lo largo de su historia, Ácido siempre conservó su naturaleza; sus curadores nunca perdieron la visión de mantenerlo como una ventana al rock. Ahora, allí se reúnen desde oficinistas hasta melómanos. Este lugar recupera elementos de la cultura popular; en sus pasillos resguarda un pequeño espacio donde se exponen diferentes objetos de colección, sin dejar de mencionar que sus instalaciones hay una terraza que ofrece diferentes ambientes donde usted puede bailar, saltar, tomar un trago, hacer un asado, todo, dentro de la decadencia o no es posible.

En el bar todavía se pueden apreciar presentaciones en vivo de diferentes grupos emergentes y profesionales. La oferta musical allí se vuelve cada vez más amplia, hay campo para sonidos alternativos,  programadores invitados, exposición de videoclips, conversatorios con los mejores exponentes nacionales del rock. Mientras que, a nivel gastronómico la especialidad son las alitas de pollo, la Zeppelin Burguer y la Queen Burguer; aunque también hay una variedad de licores en su carta, entre esos, el coctel de la casa: Ácido.

Así se encuentra Ácido Bar, un punto cuya dorsal es su música cuidadosamente seleccionada y dosificada, más allá de ofrecer una buena descarga etílica. “Estamos orgullosos por el hecho de haber mantenido en pie el bar, uno de los más longevos de la ciudad”, concluye Roa mientras caminamos por la Sala Beatles, otro de los recintos fascinantes del establecimiento.