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SETENTA Y DOS HORAS TRABAJANDO DE RUSO EN EL BRONX

El sueño americano (Foto: Sz4rruk)

En Bogotá se le dice “ruso” a un obrero, “la rusa” es la construcción y de ahí se desprenden otras palabras que se han convertido en parte de nuestro argot como “El rusodromo”. 


Decirlas es tan común en la ciudad que casi nadie se pregunta por qué a los expertos en construcción los llaman así, de hecho, el origen de semejante apodo es confuso.

Es parte del ritual de un inmigrante nuevo, sobre todo al llegar a Nueva York el buscar trabajos para ganar dinero rápido, la ciudad es vertiginosa, como un rio caudaloso y una vez se entra en ella bajarse es muy difícil, la ciudad lo absorbe a uno tan rápido que a la semana de estar en ella se siente que ha pasado un año. Diferente de la experiencia cuando se va como turista. 

La primera vez que estuve en Nueva York viajé con mi esposa en plan “Manhattan”, es decir, llegué a una conferencia de música, planes hechos, un poco de dinero para que alcanzara durante el viaje y tiquete de regreso a mi ciudad, pero esta vez era diferente, llegue con poca ropa, poca experiencia, sin dinero y con el firme propósito de abrirme paso y producir la entrega de premios al rock latinoamericano en la capital del mundo, la gran manzana, pero para eso necesitaba financiarme como fuera mis aventuras.



Muchos colombianos, latinos y centroamericanos conforman la mano de obra dura de Nueva York, es decir, son cocineros, jardineros, palean nieve, lavan platos, parquean los carros y por supuesto casi el cuerpo completo de la “rusa” neoyorkina se compone de latinos.

Un productor de conciertos de Metal nos dio la oportunidad de trabajar como obreros para hacer dinero para movernos, era un trabajo de meses, teníamos que arreglar un edificio en la mitad del Bronx, el barrio más caliente de la ciudad y no precisamente por la temperatura y si hacíamos cuentas podíamos hacer entre dos mil y dos mil quinientos dólares al mes lo cual no está mal. En la mente todo daba perfecto, trabajo en el día de ruso, en la noche en otra cosa y en la madrugada produzco conciertos, duermo tres o cuatro horas. ¡Claro! Mi brillante plan. 

Estaba durmiendo en New Jersey, otro estado, a dos horas y media en bus y Metro de la locación, pero no importaba, con tal de poder moverme para dedicar el resto del tiempo a producir y tocar, todo valdría la pena. 

Y acá se pone interesante la historia, en el momento en que llegamos al edificio, el equipo de trabajo lo conformábamos cuatro, Javier mi amigo de años, parcero de vida, dos ecuatorianos, Jose y Ángel y yo (experto en nutrición). Los ecuatorianos, el primero de 41 años y el segundo de 37, pequeñitos, ni la mitad del tamaño que teníamos Javier y yo, tranquilos, nos miraban como diciendo “que ondas estos manes”. A las ocho en punto nos colocan a descargar las herramientas del carro y a las 8:07 ya no dabamos más Javier y yo, cada caja pesaba como media tonelada y mientras nosotros ya teníamos la hernia reventada, esos dos ecuatorianos ya habían descargado medio camión y habían subido los cinco pisos como treinta veces. El ascensor obvio estaba dañado.

El primer electricista que conocí se llamaba Mike, un moreno como de dos metros de altura que me saluda: “Hey guasap big man?” y me entrega cien metros de cable para que le ayude a subirlos, y ahí voy, 115 kilos míos y 115 kilos de peso del cable subiendo los cinco pisos de nuevo era para otro infarto. ¿Los ecuatorianos? Frescos… suba y baje.



Cuando por fin terminamos de subir la herramienta, lavados en sudor, respirando como pescados recién sacados del agua no había pasado ni una hora, llegamos a un salón enorme que parecía el set de una película de terror o de mafia violenta, el plan era sencillo, tocaba quitar todo el techo, repararlo, quitar las líneas eléctricas, pelar las paredes, cambiar el piso y las láminas del techo, junto a los electricistas recablear todo y dejarlo como nuevo para el dueño. Normal.

Como yo era “el nuevo” el primer día me sacaron la leche pelando las paredes, primero con un cepillo de cerdas de acero y después con una espátula. Teníamos una hora para almorzar, realmente no me acuerdo que comimos, mi cuerpo no daba más, pero soporté el primer día y estaba feliz, me acababa de hacer mis primeros 220 dólares en un solo día de trabajo, ¿Cuándo en Colombia en donde por ese mismo dinero me colocan a voltear medio mes de ocho a ocho? Así que sin sentir las piernas o los brazos me devolví a New Jersey y caí como un roble.

Continuamos durante dos días más pero no aguantamos, nos reíamos mucho, recién graduado de una maestría en artes para echar palestra en New York, pero no importaba, todo por la causa. La verdad soy muy mal trabajador físico. Pero esa experiencia me abrió los ojos a otra realidad, a esa de miles de latinos que llegan a buscar una mejor vida. Diferentes a mí, yo tengo mi visa de trabajo y al final logré encontrar lo necesario para producir mis eventos y emprender un camino muy diferente, muchísimo más relajado. Pero ellos no, son profesores, ingenieros, profesionales que ya los consumió la ciudad, la mayoría sin papeles y que viven ahí construyendo los lugares donde todo el mundo habita, donde se hacen los negocios, la vida es dura, tomar cerveza, comer y trabajar de ocho a seis.



Este escrito es un homenaje a esos volteadores, guerrerisimos, que tal vez no sirva sino para contar la anécdota, pero yo los vi con mis propios ojos, saltando felices de los andamios mientras nosotros no podíamos respirar, contentos de que mañana era otro día y habría trabajo, es un estrellón muy salvaje contra el mundo, algunos tenemos mucha suerte de poder vivir de lo que hacemos. Con el tiempo conseguí trabajos mucho más relajados, pero nunca se me olvidó cuando fui ruso en El Bronx y que además nunca me pagaron los tres días que trabajé (El jefe es latino, comprensible y terrible que siga sucediendo).

A José me lo encontré dos veces después en conciertos, nos saludábamos y tomábamos selfis mientras yo le decía ¿Entonces qué otro trago? Y el man me respondía – No puedo parcero, mañana tengo que trabajar en la construcción-